Arquitectura Vernacula popular


La arquitectura indígena

plano La Española, segunda isla en tamaño de las Antillas o islas del Caribe, fue bautizada así por el Almirante Cristóbal Colón al llegar a ella el 5 de diciembre de 1492, nombre que ha mantenido hasta nuestros días. Sus primitivos habitantes la llamaban Haití, que significa aspereza o tierra montañosa, y según Pedro Mártir de Anglería también la llamaban Quisqueya, queriendo significar con este nombre que era “una cosa grande y que no tiene igual”. Además se le ha denominado La Española de Santo Domingo, Hispaniola o Isla de Santo Domingo, nombre, este último, utilizado tanto por los españoles como por los franceses y haitianos durante su ocupación de la misma.

 

 

 

 

 

 

Estudios antropológicos y arqueológicos han confirmado que las islas que conforman las Antillas fueron habitadas originalmente por poblaciones aborígenes procedentes de la cuenca del Orinoco venezolano, que no se adaptaban a la vida sedentaria. El historiador Frank Moya Pons distingue, sobre la base de los datos arqueológicos que se tienen, cuatro períodos migratorios hacia las Antillas.

image

 

image

 

El primer nivel de asentamiento en las islas corresponde a los pueblos pertenecientes a la llamada cultura de la concha, en la que las viviendas se colocaban a lo largo de las orillas de los ríos, de los estanques, de las ensenadas y de las bahías marinas. Se ignoraba la elaboración de platos, cuencos y demás instrumentos de vajilla; no tenían ningún tipo de agricultura; estas poblaciones, llamadas siboney, se asentaron en algunas regiones de La Española y de Cuba y en todas las Antillas Menores.

 

image

image

image

image

image

La segunda oleada migratoria, procedente del continente sudamericano, corresponde al nivel arqueológico denominado igneri. Pertenecían al gran tronco de los arawak, del tipo de la floresta tropical, y consiguieron ocupar la isla de Trinidad y las Antillas Menores, y llegaron hasta Puerto Rico y La Española, imponiéndose o absorbiendo a los siboneyes. La elaboración de cerámica en el período de los igneri fue la más refinada de Las Antillas.

image

 

 

El tercer período corresponde a la gran expansión arawak que llevó a la extinción de los residuos siboney que todavía quedaban en la isla de Santo Domingo, Cuba, Jamaica y las Bahamas. En este período se sitúa el origen de un desarrollo independiente de las tradiciones culturales continentales, que permitió a los habitantes de las Antillas Mayores crear una cultura diferente, que hoy se suele definir con el nombre de cultura taína.

image

image

image 

El cuarto y último período se inició en torno al siglo XI, con una nueva oleada de grupos pertenecientes todavía al tronco de los arawak, pero con características culturales diferentes de las poblaciones igneri y de las taínas. Se trataba de los temibles caribes.

 

image

Interior

 

La ocupación territorial de los indígenas de La Española venía dada por muchos pueblos y pequeños poblados ubicados a orillas del mar, en las riberas de los ríos, en los valles y alrededor de lagos y lagunas, rodeados de “muchas labranzas a manera de granjas”. Estos pueblos eran gobernados por señores que daban cuenta a los caciques, que eran una especie de virreyes, que conformaban una provincia o cacicazgo, en el que la autoridad máxima era el cacique principal. En la isla había cinco consabidos cacicazgos, los cuales tenían sus capitales o villas principales.

image

image

image

Basándonos en datos dados por los Cronistas de Indias, podemos decir que las viviendas estaban agrupadas sin disposición de calles y aparentemente sin ningún modelo urbano establecido. Sólo en las principales villas, las cuales podían tener hasta ocho mil bohíos, según los cronistas, se veía cierto ordenamiento.

 

La Villa de Guacanagarix, por ejemplo, en el reino o cacicazgo de Marién y próxima a la Villa de Puerto Real, tenía una plaza central y dos calles cruzadas que dividían la ciudad en “quatro barrios de desconcertada muchedumbre,porque en ellos no se encuentran calles algunas…” La plaza central era cuadrada y grande, encontrándose en la mitad de ella el bohío del rey, de unos 27 por 8 metros. Al Sur de ella se encontraba otra gran casa que alojaba a los guardias y la cárcel. Otras edificaciones importantes de la plaza eran el templo, de unos 16 metros por lado, y la cocina, donde había unas 40 indígenas haciendo casabe y cocinando para el cacique principal y sus caciques. Todas estas construcciones, así como los caneyes o viviendas de planta circular que utilizaba la mayoría de la población, eran de madera, techados de cana, yarey, paja o yagua.

En la plaza central había siempre un espacio para el juego de la pelota, al que los taínos llamaban batey. También a la salida de los pueblos había lugares de éstos, con asientos para los espectadores. En estas plazas se desarrollaban además los areytos, expresión musical de cantos y danzas simultáneas “mediante la cual los taínos narraban cantando y bailando al son de melopeas e instrumentos rencos, sucesos de notable importancia”.

Se sabe que los taínos desarrollaron variados estilos cerámicos con modalidades propias que difieren, en cuanto a sus formas de manufactura y rasgos decorativos, de los estilos continentales originarios. Esta evolución estilística relativa a la cerámica revela una dinámica de cambio, que también se manifiesta en su vida práctica y en los demás aspectos tecnológicos, sociales, rituales, etc., que identifican sus modos de producción. También la arquitectura debió haber sufrido sus mutaciones, paralelas a esa evolución estilística que vemos en la cerámica. Una vez lograda esa adaptación necesaria debida al cambio de su ecosistema, se puede decir que nació la tecnología apropiada en la isla.

 

image

image

image

 

Ningún grupo cultural indoantillano utilizó la piedra como material de construcción arquitectónica. Los más adelantados de esos grupos construyeron sus viviendas con materiales vegetales, que naturalmente no podían resistir las inclemencias del tiempo, mientras los de mayor atraso eran habitantes de abrigos rocosos y cavernas, por lo que no llega hasta nosotros ningún tipo de edificación construida por ellos. Es con la llegada de los españoles en 1492 que nace nuestra historia documentada y con ésta, por tanto, llegan a nosotros los primeros datos ideográficos sobre las construcciones indígenas que había en ese momento en la isla.

Sólo las investigaciones arqueológicas realizadas en los sitios donde se encontraban los bateyes indígenas, podrían ampliar los conocimientos que sobre la materia nos han legado algunos cronistas por medio de grabados y no muy exactas reseñas.

Las más amplias descripciones de los bohíos o eracras indígenas quisqueyanos las ofrece Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias, donde nos describe dos tipologías utilizadas: una de planta circular y techo cónico, llamada caney, y otra rectangular con techos a dos aguas, y las principales con galerías frontales llamadas normalmente bohíos. Estas conocidas descripciones de Oviedo sobre los dos tipos de casas usadas por los tainos de La Española, aceptadas y repetidas por más de 400 años por un sinnúmero de historiadores, están siendo cuestionadas por algunos arqueólogos e investigadores.

 

image

image

image

Ya Sven Lovén en 1935, en su libro Origins of the Tainan Culture, West Indies, argumentó que el tipo de casa de planta rectangular y supuestamente usado por los caciques, era de influencia europea y no existía en la época del precontacto. Luis Antonio Curet se une a esta teoría y aporta evidencias de tres casos de estudio en Puerto Rico, publicados en la revista Latin American Antiquity en 1992. Posteriormente los arqueólogos cubanos Jorge Calvera y Juan Jardines, luego del descubrimiento del sitio arqueológico de Los Buchillones, plantean también que la planta rectangular de los bohíos tainos es producto de la transculturación.

image

Pero al leer la relación que el escribano Rodrigo de Escobedo hace a Cristóbal Colón en los últimos días del mes de diciembre del 1492, luego de visitar el poblado del cacique Guacanagaríx, vemos que la planta rectangular no era desconocida por los indígenas, ya que la casa del mismo cacique era de esa forma y medía aproximadamente 26.90 por 8.40 metros, siendo mucho más grande que las demás casas del poblado, que debieron haber sido, todas o la mayoría, de planta circular. Con la relación, fueron entregados dos dibujos, realizados por Juan Salsedo o, más bien, Pero de Salsedo, uno de un bohío o casa de los caciques, de planta rectangular, y otro de un caney o casa de indios, de planta circular, que debieron haber sido los que sirvieron de modelo a Gonzalo Fernández de Oviedo en su libro.

Lo que sí podemos confirmar, de acuerdo a las diferentes descripciones que tenemos de cronistas e historiadores y de diversos informes arqueológicos, es que la mayoría de las viviendas de los indígenas eran de planta circular, a manera de alfaneques o tiendas de campañas, de acuerdo a lo escrito por el mismo Almirante en su diario, pero no podemos negar la existencia de los bohíos de planta rectangular, al menos en algunas regiones de la isla.

 

image

En cuanto a los materiales constructivos sabemos que utilizaban productos vegetales nativos como: yagua, cana, yarey, guano, palma, bejuco, etc. siendo el método de ejecución a base de postes u horcones de madera que enterraban en el suelo y cañas sujetadas por bejucos con los techos de palma o paja, dejando en lo alto un respiradero, recubierto por un caballete, para la salida del aire caliente y del humo de las brasas que siempre mantenían dentro de las casas.

El modelo de planta circular desaparece como vivienda, pero la rectangular y los métodos constructivos evidentemente se siguen utilizando, ya que el español aprende y adapta numerosas técnicas de la tecnología vernácula antillana, debido a que no las encontraban del todo extrañas y por encontrarlas muy apropiadas al nuevo medio ecológico americano. Esto lo confirma el Padre Bartolomé de las Casas, cuando dice en su Apologética Historia de las Indias: “Yo vide casas de éstas, hecho de indios que vendió un español a otro por seiscientos castellanos o pesos de oro, que cada uno valía cuatrocientos y cincuenta maravedís”.

image

image

image

 

O cuando dice en su Historia de las Indias que: “Para de madera y paja no pueden ser más graciosas ni más bien hechas, más seguras, limpias ni más sanas, y es placer verlas y habitarlas, y hacían algunas para los señores; y después, en esta isla Española, hicieron los indios para los cristianos tan grandes y tales, que pudiera muy bien y muy a su placer el emperador en ellas aposentarse”.

Cristóbal Colón, Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, Antonio de Herrera, Pedro Mártir de Anglería, Diego Álvarez de Chanca y otros cronistas y escritores de los siglos XV y XVI describen y dan datos sobre las viviendas indígenas de la isla de Santo Domingo, pero lamentablemente ninguno especifica el tamaño de las mismas, ni las describen en forma detallada, por lo que se hace difícil reconstruir, al menos gráficamente, estas viviendas.

Sabemos que los taínos, al adoptar el tipo de vida cacical, sustituyen las grandes malocas o bohíos colectivos por bohíos pequeños o relativamente pequeños, generándose así un mayor número de viviendas en sus poblados y creando un cambio total del patrón espacial.

El investigador finlandés Björn Landström, en su libro Colón, presenta una interpretación gráfica de un bohío indígena, tanto en planta, alzado y corte, basada en el grabado en madera que aparece en la edición de 1547 de la Historia General de Oviedo, y en descripciones de la época, básicamente del mismo Oviedo y Las Casas, quienes no describen de una manera precisa estas viviendas. De todas formas, esta interpretación nos parece muy lógica y podría acercarse bastante a la realidad. El arqueólogo Felipe Pichardo Moya, en su libro Los Aborígenes de Las Antillas, hace una de las más completas descripciones de las viviendas indoantillanas, ya que reúne y analiza informaciones provenientes de los cronistas de Indias y de investigadores y arqueólogos de diferentes épocas, llegando hasta los años 50 del pasado siglo XX, época en que escribe su libro. Coincidimos con su parecer de que todavía está pendiente la realización de un mayor número de investigaciones arqueológicas en que se analicen las huellas de los horcones o postes, para intentar definir el tamaño y la forma de estas viviendas indígenas. También estamos de acuerdo con el citado autor en que se debe seguir investigando sobre la posible relación de los mayas de Yucatán con nuestros aborígenes, ya que se encuentran ciertas similitudes con algunas costumbres taínas, incluyendo los materiales y la forma de construir sus viviendas.

 

Influencias y aportes foráneos

El negro esclavo se manifiesta arquitectónicamente de una manera muy restringida y tímida, ya que no tenía grandes motivaciones para expresarse artísticamente, pero se puede asegurar que en Santo Domingo estos inmigrantes africanos gozaban de ciertas libertades, principalmente en los hatos ganaderos, lo que podría suponer alguna continuidad de las tradiciones constructivas de sus regiones de procedencia, que habrían pasado de generación en generación.

Ya en el siglo XVIII se había generado un tipo de esclavitud feudal-patriarcal, lo que hacía posible ceder tierras y propiedades a los esclavos mediante una relación totalmente feudal o bien emplearlos como esclavos jornaleros y de alquiler, lo que produjo un proceso de cambio hacia las pequeñas propiedades campesinas y de constitución de una clase media urbana.

En los Códigos Negros de la América Española se pueden ver claramente las limitaciones y prohibiciones que tenían los negros esclavos en cuanto a los oficios que podían ejercer, a los instrumentos que podían tener y a la construcción y disposición de sus viviendas.

Pero hablando de una forma general para la región, no es sino hasta la abolición de la esclavitud o hasta la libertad obtenida por algunos de estos esclavos, que este grupo étnico se manifiesta plenamente en cuanto a su arquitectura se refiere. Artísticamente su manifestación es muy elemental, tal vez debido a una pérdida de sus tradiciones. Hay que tomar en cuenta que el 80% de los esclavos negros que se traía de las costas africanas a la región del Caribe tenían entre 18 y 25 años y éstos no duraban más de 5 ó 6 años, por lo que la reposición trajo muchas veces como consecuencia que no hubiese integración sociocultural dentro del proceso de trabajo. También es bueno anotar que tan solo el 20% de los esclavos que se trajeron eran mujeres, lo que impide que se vayan formando y creando raíces culturales profundas.

 

image

image

 

En el caso de la colonia española de Santo Domingo, debido al modo de producción, fundamentado en los hatos, la vida de los esclavos africanos era más larga y la importación de los mismos era cada vez de menor número.

Un supuesto modelo de arquitectura introducido por esos inmigrantes africanos es la casa construida con muros de los que en República Dominicana se denominan tejamanil o de tabiques, que son los formados por setos de estacas entrecruzadas entre horcones de madera, luego recubiertos con un embarrado o boñiga, o sea, tierra ligada con excremento de vaca, para darle mayor consistencia. El arqueólogo Elpidio Ortega, en su libro Expresiones Culturales del Sur, sostiene que: “Esta modalidad de construcción de viviendas ha sido incluida dentro de la arquitectura vernácula rural como una transculturación africana a través de los primeros esclavos, desde los comienzos de la colonia, y de las invasiones y migraciones haitianas en el siglo XVIII”.

 

Aunque ese método constructivo en la República Dominicana se les atribuye a los africanos, es sabido que tanto los indígenas venezolanos como los mayas utilizaban el recubrimiento de paredes con barro, como puede observarse todavía en sus respectivas regiones. Graciano Gasparini, en su libro Arquitectura Popular de Venezuela, plantea que el bahareque: “…era una técnica constructiva autóctona y no, como alguien insinúa, traída por los africanos”. Al respecto cita un párrafo de la Historia General y Natural de Indias que dice: “Los muros están hechos de cañas colocadas las unas muy cerca de las otras y luego recubiertas con tierra cuyo espesor es de cuatro a cinco dedos y así llegando hasta el techo. Esto proporciona un muro sólido y de aspecto agradable. Las casas están techadas de palma y paja muy bien colocada y de gran durabilidad. Las lluvias no entran en estas casas y el techo ofrece tanta protección como las tejas…” También en La Española hay evidencias del uso del barro en paredes de las viviendas indígenas, ya que Alonzo de Ojeda, en 1493, describe al Almirante Cristóbal Colón el palacio y villa de Guarionex, en el valle del Cibao, lo cual narra Luis Joseph Peguero en su Historia de la conquista de la isla Española de Santo Domingo, de la siguiente manera: “…el palacio y casas de los nobles, se diferencian de la casas de los plebellos con algunos tabiques de barros que ponen en las junturas de los maderos, con que están sercadas, supliendo las texas con yaguas, o lo que ofrece la comodidad,….”

José Augusto Puig, en su importante y pionero Ensayo Histórico Arquitectónico de Puerto Plata, da un dato bien interesante sobre la utilización del tejamanil por parte de los españoles en las primeras construcciones de dicha ciudad fundada por Ovando en 1502, cuando dice: “Las casas, en los principios de la villa, fueron de madera y paja; luego, en el mismo siglo XVI, en la primera mitad, cuando el florecimiento de la ciudad, algunas se levantaron de cal y canto, sillería y tapiería, con techumbre de tejas. Fueron fabricadas a la usanza española según descripción de la época: “no muy altas sobre el suelo o de dos pisos solamente, pero muy sólidas, las habitaciones grandes y buenas, con grandes puertas en lugar de ventanas para que entrara el aire finalmente, con su brisa perenne”. Hablaban los españoles de la construcción de las casas así: se hincan los postes o estacas que fueren necesarios para el tamaño de la casa; sobre ellos construían un piso bajo de cierta altura; en la cabeza de los postes un techo, cubierto de paja o tejas. Si elevaban la base a la altura de un hombre, usaban el piso térreo inferior para depósito, cercándolo con un trenzado de varas revocadas, enlucidas y cuidadosamente blanqueadas por dentro y por fuera”.

Este método constructivo también puede observarse en casas rurales de algunas regiones de España, por lo que podemos estar ante una técnica conocida por todos los grupos actuantes. Estos modelos también debieron adaptarse al nuevo ecosistema sufriendo las modificaciones necesarias. La mayor similitud la podemos observar en la vivienda denominada barraca, de las provincias mediterráneas de Murcia, Alicante y Valencia, en la península ibérica. Estas barracas, de planta similar a nuestras viviendas rurales, tienen una estructura sencilla de palos de madera y sus paredes están formadas con un tejido de cañas, el cual se recubría o embarraba por ambos lados, exterior e interior, enluciéndolo luego con yeso. Se sabe que el uso de estas barracas se remonta al período prehistórico español y que se siguió utilizando a través de los siglos y hasta tiempo bien reciente. Las puertas y las ventanas son las únicas piezas de carpintería que posee la barraca, tal como sucede en los diferentes tipos de nuestra arquitectura vernácula.

Otra vivienda española que utilizaba el embarrado sobre un trenzado de madera era el pallabarro gallego, cuyos muros al final se encalaban, tal como se hace con las viviendas de tejamanil dominicanas. Por cierto, el término tejamaní o tejamanil se usa en la Republica Dominicana para definir los muros con trenzados de madera y luego embarrados y encalados, pero en Cuba, Puerto Rico y México, se usa para definir la tabla delgada de madera que se coloca como teja en los techos de las casas, como era frecuente en la zona de Jarabacoa y en el valle de Baní, donde se le conocía como techo de tablitas.

Como ya hemos dicho, el español adopta el tipo de vivienda indígena y la encuentra muy digna y apropiada a las condiciones climáticas de la isla, tal como relatan los cronistas de Indias, pero es de suponer que se le introdujeron algunas modificaciones para adecuarlas a sus necesidades y formas de vida, así como habrán introducido nuevos materiales y nueva tecnología. Uno de los materiales posiblemente introducido por los españoles, al menos en la forma en que lo conocemos hoy, es la tabla de palma, material que todavía en la actualidad es el más utilizado en la arquitectura vernácula dominicana.

Si bien Oviedo confirma el uso de la madera de palma por parte de los indígenas cuando dice: “De las palmas que se dijo primero, es buena la madera para pocas cosas, así como cajas de azúcar e para cubrir casas, al modo de los indios, e de poca costa”, no está claro el lugar y el modo de usarla. Parece ser que el piso de las barbacoas, o lugares elevados donde colocaban frutas y otros alimentos, eran de tablas de palma.

Es de suponer que con los nuevos instrumentos de trabajo con que contaban los españoles, estos podían trabajar mejor la madera de palma y sacar las estrechas tablas o tiras que todavía se usan en la actualidad. Un importante material de construcción introducido por los españoles fue el clavo, el cual permitía hacer paredes de madera sin necesidad de amarrarlas con bejucos, que era la única forma conocida por los indígenas. Es esta casa de paredes de tablas de palma, colocadas horizontalmente y cobijadas con hojas de cana, yarey o yagua, la que vemos en viejos grabados y dibujos de las diferentes ciudades y pueblos del país, o sea, este tipo de vivienda tenía un uso tanto rural como urbano.

Las diferentes migraciones hacia la Colonia Española de Santo Domingo y posteriormente, durante la ocupación haitiana hasta los primeros años de la República, hicieron sus aportaciones a nuestra cultura en general. Queda pendiente analizar detalladamente los aportes que estos grupos de españoles, africanos, portugueses, canarios, curazoleños, cocolos de las Islas Vírgenes y otros puntos de las Antillas Menores, negros libertos de los Estados Unidos de América, entre otros, hicieron a la arquitectura dominicana.

En la segunda mitad del siglo XIX, con el nacimiento de la República se solidifica la clase campesina y surgen nuevos poblados en el interior del país. Las migraciones son más frecuentes, así como el intercambio comercial con las demás islas del Caribe, muchas de ellas colonias de diferentes países europeos, como Francia, Holanda e Inglaterra. Por esa razón, el siglo XIX es más rico en las influencias arquitectónicas y artísticas dentro del universo de la arquitectura popular.

Teniendo La Española origen e historia similar a las demás islas del Caribe, podemos afirmar que nuestra arquitectura posee características regionales muy definidas, resultado de influencias indígenas, españolas, africanas y finalmente de Europa Occidental en general.

El surgimiento del campesinado y su arquitectura

Para comprender el desarrollo de la arquitectura rural dominicana, o sea, de la vivienda campesina, hay que estudiar y analizar la historia social y económica del país, cosa que trata muy bien Roberto Cassá en su libro Historia Social y Económica de la República Dominicana.27

Durante el siglo XVI la ciudad de Santo Domingo no sobrepasó una población de unos 500 vecinos, –esto es, jefes de familia blancos– y unos mil distribuidos en las otras villas y en los pocos hatos y estancias que había en toda la isla. La población de negros esclavos, que osciló entre 20,000 y 30,000 personas a lo largo del siglo, trabajaba en los ingenios o como servidumbre en los poblados. Los libertos y muchos de los mismos esclavos vivían en chozas de madera en las zonas marginales de la ciudad, donde cuidaban sus pequeños conucos. Muchos de los blancos que vivían en las ciudades tenían también pequeñas explotaciones agrícolas o ganaderas cerca de las ciudades donde habitaban. Nada muy diferente puede ser apreciado incluso en el dia de hoy, con la natural diferencia de escala.

La población rural en el siglo XVI era muy escasa, ya que vivía mayormente concentrada en las villas, salvo algunas familias que vivían en sus estancias. La vida de los habitantes de la colonia española de Santo Domingo fue afectada durante el siglo XVII por la equivocada medida de las devastaciones a que fueron sometidas las poblaciones ubicadas al oeste de Santiago y Azua ordenadas por la Corona española, con la intención de terminar con el contrabando realizado por súbditos de países enemigos. Esta medida afectó la economía de plantación y de los hatos ganaderos, creando un empobrecimiento en la colonia, una disminución de la demanda de esclavos, la emigración de muchas personas blancas y la primacía del tipo criollo, producto étnico de la mezcla entre europeos y esclavas, según expresa Roberto Cassá, quien además asegura que “como producto de las modificaciones en la economía y de la evolución de los grupos étnico-sociales, en la segunda mitad del siglo XVII la estructura demográfica acusó una modificación que marcaría los procesos macrohistóricos ulteriores. Hasta entonces la mayor parte de la población había estado compuesta por personas catalogadas como negras o morenas, mientras que en lo adelante pasó a estarlo por mulatos, como consecuencia de la mezcla de negros y blancos”.

Las devastaciones de principios del siglo XVII hicieron proliferar los manieles o palenques29 habitados por los cimarrones, o negros esclavos fugitivos, hasta la segunda mitad del siglo cuando fueron eliminados por las persecuciones. Al darse cuenta del error cometido con las devastaciones, se determinó dar amplias facilidades a inmigrantes canarios, dedicados a actividades agrícolas y ganaderas. Estos inmigrantes fundaron la villa de San Carlos y otros se establecieron en lugares cercanos y en contacto directo con su zona de producción, siendo tal vez los primeros campesinos establecidos en la isla. El número de estos habitantes provenientes de las Islas Canarias fue aumentando a través del siglo XVII y como resultado se fueron creando las villas de Baní, Neiba, Montecristi, Puerto Plata y Sabana de la Mar, entre otras. En general, la recuperación económica hizo que la población de la parte oriental de la isla aumentara durante el siglo XVIII de unas 10,000 personas a unas 120,000, desarrollándose ante todo los grandes hatos ganaderos y una naciente clase campesina en los alrededores de Santiago y La Vega y en las afueras de Santo Domingo. El desarrollo de los hatos permitió dar un tratamiento especial a los negros esclavos, los que gozaban de libertad de movimiento y gestión propia, como paso previo a su libertad. Estos libertos fueron engrosando esa clase campesina incipiente, ante todo a principios del siglo XIX y durante la ocupación haitiana.

El historiador Wenceslao Vega, en su discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la Historia, titulado “Historia de los Terrenos Comuneros de la República Dominicana”, recoge una descripción de un hato ganadero de esa época de la siguiente manera: “Un extenso predio rural, dedicado principalmente a ganadería, llano o por lo menos poco accidentado, con ríos, arroyos y una que otra laguna o estanque. Allí crecen al natural la hierba o el pasto. No hay divisiones o cercados externos, a lo más, setos vivos que separan los potreros entre sí y con las hortalizas y conucos. Dentro del hato hay varias construcciones rústicas: La casa del amo, de madera de palma con techos de yagua, con una cocina del mismo tipo pero separada de la casa y algo alejado una letrina.

Bien cerca una pocilga, un gallinero y un corral donde se amarran los caballos, mulos y burros. Perros caseros realengos y para las redadas de las reses pululan por doquier. Una que otra enramada de cana en los alrededores para guardar los aperos de labranza, picos, hachas, palas, azadas, coas, machetes, etc. El almacén de las sillas jineteras, jáquimas, lazos, sogas, y demás instrumentos para los rodeos de los animales.

Otras enramadas para conservar los cueros, el sebo, los cuernos y demás productos del hato, que se almacenan para luego ser vendidos. Aledaño a la casa, la hortaliza donde se cosechan los escasos vegetales que consume la familia: berenjenas, auyamas, repollos, sandías, melones, etc. En las cercanías de la casa del amo, más pequeñas y pobres que la suya, los bohíos del mayoral, de los peones, libertos y escasos esclavos y sus familias. Algo más alejado: el conuco, con los indispensables plátanos, yucas, batatas, yautías y demás víveres de los cuales dependen todos. Esparcidas encontramos algunas matas de naranjas dulces y agrias, limones y otros cítricos, una que otra mata de bija para dar color a la comida. Regados en el entorno, los árboles de frutas criollas como la guanábana, el níspero, el anón, la guayaba, el tamarindo, la jagua, el higuero, el coco y la indispensable higüera para los envases de la cocina, etc. Entonces las amplias sabanas, en una época del año cubiertas de altos pastos donde el ganado casi desaparece hundido; y en épocas de sequía con las yerbas casi a ras del suelo.

Esporádicos estanques o arroyos donde las reses abrevan. Aquí y o acullá los grandes árboles de sombra donde hombres y animales se pueden guarnecer de la canícula o del aguacero: ceibas, anacagüitas, javillas, y de vez en cuando extensos palmares con la palma cana, la real, etc. tan útiles para construir y cobijar las viviendas y las enramadas. En la distancia, las extensas monterías: Casi impenetrables bosques tropicales, llenos de espinas, lianas y arbustos, donde crecen en abundancia los grandes guayacanes, caobas, cedros, ébanos, y otros de maderas preciosas. Allí el hatero y sus peones penetran con dificultad para tumbar los árboles y cortar la madera que necesitan para sus menesteres”.

Por su parte, Roberto Cassá confirma que: “La aparición de un protocampesinado fue producto de la masa de libertos y del terreno que dejaba el sistema económico a la iniciativa de pequeños cultivadores que no lograban ubicarse como propietarios de esclavos. En segundo lugar, fue producto de la dinámica demográfica que comenzaba a poner en entredicho la viabilidad indefinida del hato ganadero, basado en amplios espacios que no permitían más que el sostén de una población reducida que se mantenía de la cría extensiva o la cacería. Por último, incidieron los cambios internacionales, que propendieron a incrementar la demanda de nuevos géneros y a presionar por la disminución de la dependencia respecto a Saint Domingue. Pero, todavía en las décadas finales del siglo XVIII, este proceso era incipiente por lo que cobró cuerpo como parte de la modificación estructural del siglo XIX”.

Palmas y arquitectura vernácula

Salvo las principales casas de la ciudad de Santo Domingo, la arquitectura de las demás villas, estancias, hatos ganaderos y viviendas rurales, era de madera, normalmente con paredes de tablas de palma y cubiertas de yagua, cana o pachulí. De esa manera la palma real (Roystonea hispaniolana) y la palma cana (Sabal domingensis y Sabal causiarum) se convirtieron desde entonces en los árboles más preciados de la arquitectura dominicana, prevaleciendo hasta nuestros tiempos a nivel rural. Otra palma muy utilizada en las construcciones vernáculas dominicanas es el yarey, cuyas hojas se utilizan para cobijar las casas.

image

image

 

image

image

plano

 

Aunque la República Dominicana es un territorio pequeño, de algo más de 48,000 km2, encontramos tipos arquitectónicos diferentes, los cuales son el resultado de la conciliación de las necesidades de los campesinos con el clima, los recursos disponibles y la propia cultura del grupo humano.

En el año 1982, se realizaron dos reuniones del Grupo de Trabajo sobre Arquitectura Vernácula, de la Organización del Gran Caribe para los Monumentos y Sitios, CARIMOS, una en Islas del Rosario, Cartagena de Indias y la otra en El Portillo, Samaná, República Dominicana, en las que se determinó hacer una multiexposición sobre arquitectura vernácula del Gran Caribe, que sirviera para promover su estudio, su conocimiento y su importancia. Entre los aspectos más trascendentales emanados de dichas reuniones se encuentra la definición adoptada sobre el término “arquitectura vernácula”, la cual luego de discutirse y ampliarse en el Foro de Cultura Caribeña celebrado en Cancún, México, en agosto del 1989, quedó de la siguiente manera: “La arquitectura vernácula del Gran Caribe es el resultado de la mezcla e integración de las experiencias formales y constructivas de la población aborigen de la región y de los aportes africanos y europeos; de ahí su riqueza cultural singular y distintiva, ya que se trata de una arquitectura que responde a una unidad familiar y demás edificaciones de actividades complementarias de la comunidad, con materiales propios de la región, que mantiene sistemas constructivos específicos con la presencia de elementos industriales simples cuyo resultado volumétrico, sus relaciones espaciales, el color y el detalle identifican al grupo que la produce, respondiendo a una manufactura artesanal siempre con la participación del usuario”.

 

La casa rural dominicana se configura en un volumen simple que constituye el cuerpo principal del hogar y se desarrolla siempre en un solo nivel, siendo el rectángulo la forma más empleada. Los modelos más sencillos constan de una planta rectangular dividida en dos espacios contiguos que constituyen la sala y un pequeño dormitorio donde duerme toda la familia. La cocina se encuentra siempre fuera de la casa, así como la letrina. En muchas ocasiones también cuentan con una enramada de madera, techada con hojas de palma, para protegerse del sol.

Tradicionalmente no había división territorial en los poblados vernáculos. Las verjas o empalizadas se hacían sólo en los corrales. La colocación de las casas, en la mayoría de los casos, no responde a ningún criterio establecido, siendo bastante desorganizada, en apariencia. La vida se hace fuera de la casa, utilizando ésta sólo para dormir.

Los pavimentos de estas viviendas son normalmente de tierra apisonada y en ocasiones de madera, aunque cada vez más se encuentran pavimentos de cemento pulido, los cuales pueden extenderse hacia el exterior de la casa unos 30 centímetros, a manera de zócalo de protección o plataforma. Los muros, ya sean de horcones, tejamanil o tablas de palma, usualmente van pintados de diferentes colores, con pinturas de cal y pigmentos minerales o “polvo de mosaico”, aunque muchos ya utilizan pintura industrial. El modelo de casa construido a base de un forro de yaguas tanto en muros como en techos, es el más simple y carente de color.

image

image

 

En algunas zonas más prósperas, estas casas vernáculas son más grandes con dos o tres aposentos y llegando a tener galerías, en una esquina o en el centro de la casa. Las cubiertas, normalmente de cana, pueden ser a dos o cuatro aguas. Por la carencia o alto costo de la cana, por modernización, por estatus o por desacertados programas oficiales de mejoramiento de viviendas, los techos son sustituidos por láminas de zinc acanaladas, las cuales convierten el interior de la casa en un ambiente caluroso.

El reconocido intelectual dominicano Manuel Rueda, refiriéndose al tema de la casa dominicana, hace una atinada y poética descripción del bohío, de la siguiente manera: “Si partimos del bohío, encontramos que en él se dan las formas esenciales capaces de dar cohesión al desenvolvimiento familiar. Cuatro horcones como sostén en las esquinas, el palo central o cumbrera al que se asen las vigas menores o largueros, los setos de tablas de palma combados hacia afuera y el torrencial techo de cana con el revestimiento de yagua en el caballete”.

Refiriéndose al interior de los bohíos continúa diciendo: “Adentro del bohío, sobre el suelo de tierra apisonada, aparece la única división existente, la que separa el área visible, o social, de la invisible o intima. En la primera hay una o dos sillas de guano que el dueño tumba contra la puerta para contemplar el anochecer tras las faenas del día, o que son ofrecidas en cumplimiento al visitante. También en esa primera habitación, la más pequeña de las dos, vemos la mesa de pino arrimada a un rincón, blanca y lavada con lejías devoradoras y que, en ocasiones, se endominga con el hule coloreado que exhibe un repertorio de flores y frutas exóticas. Arriba de esta mesa verás el locero, o repisa para jarros de hojalatas o esmaltados, los higüeros –machos en el monte y hembras en el bohío–, como se dice en las adivinanzas, y el plato con su cuchara al lado, siempre relucientes como si no estuvieran hechos para comer en ellos. Cerca de la entrada verás también la repisa de la jumeadora. En la pared divisoria las fotos de periódicos y revistas pegadas con almidón, o el calendario atrasado que nos indica que para el campesino cualquier tiempo es el mismo y que los días se miden con accidentes simples, como son el trabajo, el sueño o la muerte”.

Esta descripción confirma la gran influencia española en el bohío dominicano, como ya habíamos mencionado anteriormente.

Los múltiples caminos de la arquitectura popular

Cuando las viviendas adoptan materiales industrializados, formas más complejas, y son construidas ya no por los usuarios, ni en convites, sino por maestros constructores, estamos ante otra categoría de arquitectura a la cual denominamos popular. Esta arquitectura la encontramos más en el ámbito suburbano o urbano y sobre los ejes viales interurbanos.

image

Desde mediados del siglo XIX y a lo largo del XX, se introducen en la arquitectura vernácula y popular dominicana las láminas de zinc, que por su comodidad de uso y facilidad de obtención, van a ser cada vez más utilizadas tanto a nivel urbano como rural. Con la introducción de éstas y con otros cambios a partir del siglo XIX, se van perdiendo muchas de las tradiciones y conocimientos constructivos desarrollados por los diferentes grupos que han habitado la isla, que fueron pasando de una generación a otra. Estas edificaciones utilizan madera industrializada, ventanas de madera con celosías, pavimentos de cemento pulido normalmente con color; las cubiertas de láminas de zinc tienden a ser más complejas. En ocasiones tienen un muro perimetral de bloques de concreto hasta altura de ventanas, a lo que llaman en algunas regiones “altura salomónica”. Sobre éste, se desarrolla la estructura de madera industrializada, cubierta en su cara exterior por tablas solapadas y colocadas horizontalmente. Estas tablas reciben en el país el apodo de clavot, derivado del original anglicismo clap board.

image

image

image

Gracias a las nuevas dimensiones de la madera industrializada, las viviendas son más espaciosas y sofisticadas.

Constan de sala, comedor, dos o tres dormitorios y galería. Normalmente tienen la cocina y un baño integrados a la casa, aunque en ocasiones mantienen su letrina y cocina en el exterior. Aparecen elementos decorativos como tragaluces de madera sobre puertas y ventanas, así como cresterías caladas en los aleros, producto de la influencia del gusto victoriano. El color sigue siendo un elemento importante tomando aún más fuerza que en los modelos vernáculos, debido ante todo a la utilización de toda la gama de pintura industrializada, teniendo predilección por colores vivos como amarillo, rojo, rosado, verde, turquesa y azul, con los detalles decorativos muchas veces en blanco o una combinación de los colores mencionados. En algunos pueblos de la República Dominicana, sobre todo al sur, pueden todavía encontrarse sencillas casas de madera cubiertas de tejas francesas, que constituyen una muestra interesante de la arquitectura popular dominicana.

 

image

image

image

Esta arquitectura, a la que podríamos llamar también antillana, tiene más influencia francesa, inglesa y de otras naciones europeas establecidas en el archipiélago de Las Antillas, en el Mar Caribe, como puede observarse muy bien en la exposición sobre arquitectura vernácula realizada por la Organización del Gran Caribe para los Monumentos y Sitios, CARIMOS, y publicada en el libro Monumentos y Sitios del Gran Caribe. El Arq. Eugenio Pérez Montás en su libro República Dominicana. Monumentos Históricos y Arqueológicos expresa que: “Analizar el patrimonio cultural del medio rural, eminentemente popular, es enfrentarse a un lenguaje autóctono, rico en mensajes y en tradiciones vivas. Este patrimonio no constituye una decoración gastada. Por el contrario, el mismo suscita una potente dinámica cultural, una fuente fecunda de estudio. En vez de ignorarla como algo mediocre, debería ser exaltada bajo el patrocinio del desarrollo bien entendido. Bajo el dominio exclusivo del economista, la sociedad rural acelera su extinción”. Como hemos visto, la arquitectura vernácula y popular dominicana, a la que podemos llamar también arquitectura tradicional, tiene como material de construcción principal la madera, ya sean varas, tablas de palma, tablas rústicas o madera industrializada, con cubiertas de pencas y vainas de palmeras, pachulí, tablitas de madera y láminas acanaladas de zinc.

Esta arquitectura se está viendo cada día más amenazada y al menos su autenticidad y armonía desaparecerán, debido a la utilización, muchas veces inducida por planes gubernamentales, de materiales y modelos arquitectónicos completamente ajenos a la tradición popular y al medio ambiente natural.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

One Response to Arquitectura Vernacula popular

  1. Pingback: My Homepage

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>


Este sitio usa MATA-HOYGAN para eliminar el Lenguaje HOYGAN y Censurar el Lenguaje Obsceno.